Cuesta tanto escribir cuando se sienten tantas cosas.

Cuesta tanto escribir cuando se sienten tantas cosas.

Cuesta tanto escribir cuando se sienten tantas cosas. Cuesta porque pareciera que la única forma de expresar las cuestiones se ha perdido, porque se desconoce el lenguaje, se transforman las sensaciones que se dibujan en la piel y se pierde la conciencia del paso del tiempo. Pero no quiero hablar de palabras, de colores tornasol, de eclipses de luna a las cinco de la mañana ni de manos que buscan otras manos para enredarse en la cintura y dibujarse arabescos con la mirada. No.

Quiero hablar de algo que no haya dicho nunca. Quiero escribir palabras que no conozca, que se sucedan solas mientras las voy escribiendo, que se intercepten letra por letra con cada golpecito en cada tecla o cada gota de tinta sobre la hoja. Quiero pensar en otros términos. No decir siempre que voy a llorar pero no llorar nunca, ni buscar un par de ojos entre las letras de  relato, ni andar por ahí a los tumbos con el amor: esquivándole si se acerca, acechándolo si se va.

 Quizás pueda jugar a ser otra. No esta que soy, que bien me gusto así como soy, cuando me pongo las manos sobre los pechos y tiro la cabeza hacia atrás, entreabro la boca y pienso que me veo hermosa así, tan llena de mí misma, de mi feminidad que me explota en todos los lugares de mi cuerpo y me hace sentir convexidades bajo la yema de los dedos. Así me descubro y me voy escribiendo toda... cada centímetro de mí está ocupado por alguna palabra, que llevo escrita como un mantra tatuado en negro sobre el terciopelo blanco que es mi piel. 

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