Todo lo que no es presente, cabe en una papelera.



Coloco las piezas sobre la mesa y mientras las acaricio con la yema de los dedos, soy consciente de la necesidad imperante de poner orden a mis ideas. Se me ocurre ordenarlas según colores, según el instante en el que aparecieron por primera vez, según los disgustos o satisfacciones que me hayan podido dar o según las letras del abecedario. Siempre se me ha dado bien poner orden porque en esos momentos, no reparo en sentimentalismos. Todo lo que no es presente, cabe en una papelera.

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